domingo, 16 de abril de 2017

QUE LO SEPAS: Charlas tiernas.



Quizá silencio es sólo un nombre,
un nombre acostumbrado aunque inexacto,
una palabra errónea que habla, en realidad,
del sonido terrestre
que está perdido
en un espacio ajeno y despoblado
donde nadie lo escucha.

El silencio no existe.

(La idea
ya es un dardo que está cruzando el aire.
Su vuelo es pensamiento.
Mis palabras lo empujan y lo frenan.)

Antonio Cabrera

- A Leo le encanta ir sentado en el carrito del supermercado. Hemos llegado al pasillo de los yogures… 
- ...
- Mira Leo, ¿de qué los quieres, de fresa o prefieres de plátano? 
- … 
- A mí de pequeña me encantaban los de plátano. Sabes que el color rosa de los yogures de fresa lo hacen con un colorante que viene de la cochinilla… 
- … 
- Es un bichete que vive en las plantas. 
- … 
- ¿Qué tal en el cole hoy? 
- … 
- Ven aquí, eres tan lindo, mamá te quiere. 

Y le beso mucho, porque cuando Leo va sentado en el carrito de supermercado, en esa silla pequeña en la que casi ya no cabe, yo me inclino y le abrazo fuerte y le beso y él se ríe. Vamos rodando hasta el pasillo de las rosquilletas y los panes. Le encantan esos que llevan arándanos incrustados, y los señala. 

- Pero ¡cómo te gustan estos panecitos! A mamá nunca le ha gustado demasiado el pan, en eso debes haber salido a tu padre… 
- … 
Yo hablo, pero al otro lado no hay palabras. Hablo mucho desde el principio, desde antes del diagnóstico. Hubo unos meses en que dejé de hacerlo, creo que perdí la esperanza o si acaso no sabía enfrentarme a la ausencia de respuestas. Leo tiene cuatro años y autismo. Aún no habla. Lo hizo, pero las palabras se perdieron como lágrimas en la lluvia.

Este libro es muy especial para mí, porque concentra toda una filosofía de vida y pensamiento en las conversaciones que la autora mantiene con sus hijos. Fantasía, acción, ideas, verdad, sueños, proyecciones de futuro, el poso del pasado y los ancestros, familia, relaciones, enseñanzas. Todo ello bidireccional, y ahí está Su Gran Belleza; esta radica en la naturalidad con la que fluye el discurso, cargado de amor, de preguntas que obtienen respuesta en ambas direcciones. En este libro los niños tienen espacio propio, no se pretende adoctrinar, sólo dejarse ser, eso me parece que hace Silvia, dejarse ser, estar presente, darse a conocer como una mujer además de como una madre, una lección preciosa para quienes mañana ya no serán niños. 

Siempre me fascino ante la impavidez de algunos padres y madres que miran el teléfono móvil mientras sus hijos les hablan, les quieren contar algo, les estiran de la manga. ¡Esos padres les piden, les ordenan a sus hijos que se callen! No consigo entenderlo tal vez porque me cuesta ponerme en su piel, pero aún consiguiéndolo por un momento sigue sin gustarme. ¡Ah! Es que muchos no saben valorar lo que dan por hecho, no hubo oportunidad de aprenderlo, algo que de todas formas puede derrumbarse en cualquier momento y entonces la lección se abalanza sobre nosotros y primero nos hace daño. Después podemos ver lo que aprendimos. Y yo, creo que hago este prólogo porque su autora intuye bien lo que las palabras significan para mí, la importancia y el valor precioso que les doy a estas conversaciones que yo no puedo tener con mi hijo. Pero también, porque como ella sabe “ Con la gente con la que mejor estás, la mayoría de las veces no necesitas decir nada, porque te entiendes con la mirada, o con la música, o con la manera de estar…

La mirada de los niños suele ser radicalmente original. Sorprendente. Creo que, entre otras cosas, por estar desprovista de todo aquello con lo que la sociedad, su forma, y la propia experiencia van lastrando nuestras opiniones y nuestro modo de ver la vida con el paso de los años, en ocasiones contribuyendo a uniformar las corrientes de pensamiento, casi siempre despojándonos de esa formidable espontaneidad, tan presente en las palabras de Martín y Nicolás; esa autenticidad que merece la pena preservar y registrar, también para que podamos recordar, recuperar esa visión limpia y sin aditivos, valiosa en más de un sentido, de cuando nosotros éramos también niños. 

De ahí el valor añadido de estos diálogos, tan recurrentes en la filosofía postsocrática. Es Wittgenstein quien escribió que la respuesta a una pregunta filosófica será esencialmente errónea si no representa una nueva pregunta. La filosofía y el pensamiento, algo tan dinámico no casa bien con respuestas indubitadas a modo de punto final. Nico y Martín, como pequeños sabios que son cuestionan la realidad enunciada por su madre con puntos de vista que enriquecen el particular y multiplican las posibles interpretaciones. 

Esta lectura ha sido para mí un sortilegio esclarecedor, me invita a seguir hablando con mi hijo aunque no obtenga, por ahora, respuestas habladas. Me sugiere que el dolor irá cediendo, que no ha de confundirme todo aquello que espero porque debía dárseme y no ha llegado todavía. Silvia ha compartido conmigo todo esto, que ahora también, es un poco mío. 

Y no sabe la autora cuánto, una mujer como yo, una madre tan particular, me reconstruí al leer el haiku con el que termina este libro. Gracias.


Safrika Patricia R. Calpe, prólogo a Que lo sepas: Charlas tiernas, de Silvia D Chica (PiEdiciones, 2017).


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