martes, 13 de junio de 2017

LOS POEMAS DE HORACIO E. CLUCK: Prólogo.



HUMO

Y no podré irme jamás ni siquiera cuando las montañas nevadas hayan muerto 

JIDI MAJIA 

La belleza, cautiva, a las veces esquiva, maldita, maldecible en muchos casos, mas siempre inaudita, inasible, algo canalla en sus intrigas, aun besable. La belleza, o su reverso, la enfermedad y la muerte consiguiente, el dolor, el propio dolor de las palabras, esto es, un cuerpo y otros cuerpos. “Cherchez la femme”. Como en aquella película de adorable encanto, “L’Homme qui Aimait les Femmes”, en la que el protagonista de François Truffaut se extasiaba con las piernas de las parisinas (¡Dios, gran y nutricio burdel de la desmesura!). En definitiva, Luis Miguel Rabanal y la insidiosa búsqueda de una belleza, rea o confesa, pero qué gran belleza lograda en este poemario místico, bendito, sacrílego también, como debe ser el agua fuera de mayo. 

Y sin embargo cabe preguntarse qué es la belleza, qué es la muerte o su previa desmemoria y quién diantres es el tal Horacio Estanislao Cluck. A Horacio lo conocí hace años en la calle La Sal, en León, en un antro que frecuentaban los poetas vesánicos y las prostitutas de un lujo descosido. Cuarentón y por ello agraciado, tuvo a bien visitar en algunas ocasiones la casa de Rabanal para mostrarle algunos versos insípidos, pero no por ello demenciados. Al cabo, ha ido puliendo una técnica narrativa osada, algo blanda, pero propia de los joyeros, en la que casi todo es simetría, cuando no geometría, salvo el azar, bastante áspero, de los adioses consumados. Y es así este libro que se desdobla por sus cuadernas en una imagen especular, naciendo en el origen de la palabra poética o su necesidad, navegando por los cuerpos desnudos de tantas mujeres que se hicieron un cuerpo, breve remanso en puerto franco con un desvelo inaudito ante la falta de conmiseración que otorga la vida, la muy rastrera, la muy dañina, vuelta de nuevo a los cuerpos desnudos, y finalmente el viaje que nunca se hará, pues el viaje ya se ha singlado, ya se es hecho, ya se es viajado. Una cronología de la infamia del cuerpo y de la mística del amor. Y en ello estamos. 

La mística del amor es en Horacio un territorio que lleva por nombre el país de Olleir, en el Reino de León. Un territorio que abraza la infancia, la familia, la madre, el abuelo y la abuela, las casonas y los bosques de los fusilados, que transita la podredumbre de la posguerra y la malvasía de los primeros corazones arrancados a las muchachas bendecidas. Un país que no se revisita pero que se fecunda. El amor como quincallero del tiempo y como salvaguarda de los días. No es este Horacio un meapilas de lencería fina, es un apasionado de la ejecución persistente, un donjuanismo sin maldad, un quinqui con galones de sargento sarraceno. Para Horacio el amor es sal y viento y arena y toda la pureza perdida, toda la memoria encendida, o a su pesar entendida. 

Con todo y demás, Horacio E. Rabanal ha escrito uno de sus libros más bellos, sensatos, apetecibles y beatos (en el peor sentido del término); una delicada carta de amor y pizca de muerte; una visita a los jar- dines de invierno, tan copiosamente nevados y un largo beso de despedida amable, quizá un testamento apócrifo en el que no hay remisión, solo aulagas. Ciertamente habrá en ella algunos navajazos a la miserable historia de un yo plural y maltrecho, una caricia a tanta memoria desusada, pero prima ante todo el cariño, la dulzura y la delicia de haberse permitido, desde su origen, la palabra que todo lo bendice, que todo lo magnifica, lo acaece, lo sucede, lo miente. 

Y es la palabra, es su poder extraordinario, uno de los baluartes de este libro. La palabra hurta nuestra palabra; las palabras borran las huellas de un amor para soportarlo y engrandecerlo, la palabra, y digamos ya no más, el poema, es el antepecho de la ventana desde la que contemplamos nuestros conocidos cadáveres pasar con mucha pena, y con una aleve gloria. La palabra es una ósmosis inversa que resucita tantas desnudeces como bien sabe Horacio, tantas desnudeces que se apean de su osario antiguo, y nos brindan una mirada desecha, pero una mirada. 

Esa particular mirada confirma que Horacio es un sibarita del voyeurismo. Ya no es la ventana indiscreta aquello que facilita un sensacionalismo de la sangre, es una auténtica transposición de protagonistas donde el que mira es mirado y el que es contemplado deja, desgraciadamente, de ser mirado. Una multiplicidad de pronombres, una multiplicación del nosotros y del ellos y del otro y de la otra y la alteridad que se confunde y confunde, y confunde, y confunde. Nada más contemporáneo por ello que una teoría del caos del yo, del yo en todo caso caótico. Las bragas y las banderas se hacen con el mismo tejido, se dice. 

No quisiera pecar de entremetido, sí de cualquier otra cosa. Quiero mantener que este conjunto de poemas vuelve a ser, por fin, un Rabanal de ‘Cuaderno de junio’, una sensibilidad que, por absoluta, y por un tanto arrabalera en su punto justo, entiendo que llega a la santidad de los pecadores. Claro que hay alcohol, y tabaco antiguo y alocadas mujeres que se dejan, pero es una mujer, solo una, a la que se dedica el libro, aquella que en teoría velará el reino de los justos, injustamente, porque se murieron. Como dicen, todos los problemas se sustentan, salvo el amor. 

Pudiera pensarse que se trata de una larga carta de amor extensivo y sucesivo, sucedido; amor a una mujer, sí (“Estoy cansado, pero besaré tu rostro/cuando llores” abre el libro, para clausurarse con “me quedo con tu boca”), mas también amor a un tiempo ido, a la poesía en fuga, a la indeleble y a veces cruel infancia y, cómo no, a un territorio perdido, al exilio de los paisajes, los cuetos, las urces, las casonas de Riello. Una sentimentalidad, un aura de la memoria, tensa, a veces canalla, violenta aun, especialmente en la segunda parte de «Desnudos». 

Como es habitual en los libros de Luis Miguel Rabanal existe siempre un relato subrepticio, una narración poética, quebrada, fractal, cristalizada en la simetría ordenada del libro: «Los constructores de palabras» acude a los comienzos literarios y a los sinsabores de la infancia; «Desnudos» refiere los primeros cuerpos poseídos; «Imploró llamas y adivinos» los primeros conflictos en el lado muy aciago de la vida; la agonía de los cuerpos, de nuevo en el otro «Desnudos» y, finalmente, el viaje a ninguna parte en el último grupo de poemas, el que se hará hacia un futuro maldito y el que no se podrá realizar hacia un territorio definitivamente perdido, Omaña, Olleir (cual Ónphalos sentimental) y a una infancia clavada al olvido, o casi. 

El poema entonces, la palabra, su elegida belleza, como un viento adormecido, irá erosionando esos paisajes, y al tiempo que los redescubre, los llena de arena (“yo escribo desde otro mundo ajeno,/el de las figuraciones imposibles./Detrás de este reloj se esconde/también el frío”), esa enunciación que es el paladar de la memoria, pero también su falsario y corruptible veneno. La poesía es capaz de mecerse en un pasado casi siempre ambiguo, aunque sea embuste que recupere los bares, el humo, la ginebra y el sexo. Es una palabra testicular y generatriz, genesíaca, cuyo poder salvífico, y por ello maldito, sustituye al hecho, lo “amortaja”, por utilizar el término que emplea el poeta en uno de sus libros. 
Y aun con todo, qué magia acaece en esos versos tan minados por los arándanos y por las púas. Qué desmemoria absurda por necesaria y qué profundo es el arraigo del maldecir, del mal vivir, del mal tristecer sin mesura. Qué delicia poder volver a leer a Luis Miguel Rabanal para que este mundo, que se vuelve rastrero, sea acomodo del corazón y de sus pausas. 

Andrés González

Luis Miguel Rabanal
Los poemas de Horacio E. Cluck 
(Huerga & Fierro Editores, 2017)

lunes, 12 de junio de 2017

FRÍO EN LOS HUESOS por JUDITH RICO



Aquello fue como si lloviera metralla;
cada pensamiento era un disparo certero,
aquel día sangraba
cada vez que cerraba los puños
y se me clavaban las uñas
en las palmas de las manos.
Hacía frío en los huesos,
llovía demasiado en el pecho,
hubo maremotos en el corazón.
No había consuelo,
no había oxígeno,
no había vida,
no había personas,
había gente,
había flores,
un agujero alquilado
y un cartel de despedida.

Judith Rico


domingo, 11 de junio de 2017

NO TE HAGAS EL MUERTO por CAROLINA OTERO



1

DESASTRE Y PETRARCA

Trilce
CÉSAR VALLEJO


Alguien, clase media, perspectiva mass media,
se pregunta mirando hacia el desastre y a Petrarca
que cómo puede, mientras estallan niños
y ancianos de n nacionalidad
(la pérdida es libre de fronteras
en contra de lo que anhela el yihatrump),
que cómo puede
−brazos de niños, bazos de niños, uñas de niños
que igual visten una camiseta del equipo
de sus padres como la herencia de ONG,
camiseta con una mancha carmín:
oíd, todas las banderas del mundo deberían
avisarnos que llegar aquí era chapotear
en una piscina de hostal con cadáveres:
por ley, todas las banderas deberían
anunciar su franja rojo sámur y arteria,
y ancianos cuyo secreto se diluye
en el aguarrás del Alzheimer:
ojos de ancianos, despojos de ancianos, temblor
que ya nada, salvo esperar, plegados jerséis
en un mueble anoréxico de una sala amarilla con cuadros amateur, polillas−
importan a quién
esos viejos: PUAJ, les escupimos pues gastan nuestro dólar,
y esos niños, PUFFF, ya nacerán otros,
y sus madres, JA, violémoslas que son nuestras cajas precintadas,
y sus casas, BOOOM, a demolerlas, verás qué hermoso filme,
pero dale al botón tú, que yo prefiero mirar
mientras fluye seminal mi baba
                                            en el champagne−;
que cómo puede
(ceño en paréntesis, mucho pero mucho pathos)
poner "amor" genuinamente, entre comas,
recrear a Laura de Naves o Avignon,
permitirse un furor amoris tan alto, tan alto, tan
de partido de tenis de clase media y daikiri mass media,
estirando el meñique en la foto:

                                                   ¡OMSITETAP!

2

COSAS IMAGINADAS

Últimamente imagino cosas irreparables, tristísimas,
como un unicornio abierto en canal, v e r t i d o
sobre la mesa del quirófano
y luego
muchos niños llorando
por la muerte del unicornio;
también imagino que mi columna vertebral
se retuerce doliente
y que las palabras
no me explican ya,
que se descoyuntan y
necesitarán corsé de hierro.
Tengo la misma explicación
que la tienen las patatas que no germinan.
Es decir,
que no importa el uso lingüístico
que haga de las cosas tristes e irreparables
que imagino.
Es que sucede.
Y es todo negro nutrido,
ayes y huellas al margen del análisis
y tu empírica mano que me aparta.

3

EX CHICA CHEIW

No ser más la chica Cheiw,
fresa ácida
y braguitas de cumulonimbos.
No en el desespero de un banco,
raya azul de ojos
para la tribu de las dolientes.
No en la orilla,
vida como cantiga de amigo
y mar que brea.
No tres puertas, a ver cuál eliges,
puede haber un león.
Ya los diarios y cartas en blanco;
no más Nin, no Miller.
Ya el seguro y el matador bancario:
Paga por si mueres.
Ya, sin embargo, tú,
mujer herculina por trabajo.
Materia propagable pero nada.

4

SIN TÍTULO

Te arranco el rostro
con mi garra de algodón,
llevo el daño
como frágilmente puedo:
CUIDADO, FRÁGIL (una caja).

Te piro la víscera
con mi garra 100% cotton,
con el incendio
de dragón con fueguecito
de fósforo empapado
(te quejarás de la llama...).

Mi garra que hace GRRR,
tal cruje la sombra
de una hoja.

Mi garra, todo violencia
de juguete en miniatura
para niños de 3 a 5 años.

Mi garra afilada
en agua de borrajas,
en piedra de nubes,
en plegaria agnóstica
                           plegada.

Mi garra, hilo
que Ariadna sujetara con una mano mientras comía tierra a puñados
con la otra mano en la isla de Naxos por no gritar “¡TESEO!".

Mi garra de rebajas de agosto,
pusilánime garra en una jaula que no me aprendo
ni con mnemotecnia en la nevera
ni con puerto de palos.

5

EUROBLANQUITA APLASTADA POR MUY TERRIBLE SOMBRA

Las palabras del humorista son los hijos de su dolor

SØREN KIERKEGAARD


Como una sombra obesa,
se me echó el tiempo encima,
apenas ayer
desembarqué, florecí, FUI
a la guerra de mí misma, FUEGO
era, caos de galaxia en formación,
apenas acabo
de llegar y ya contra el suelo
aplastada por las horas
que nadie detiene –nadie, nadie–,
ni tu bendito dios inexistente ni
un disc-jockey con el puño pueril
en el aire; ambas estatuas porque la noche,
y esta asfixia
que es mi pago y es mi hipérbole de euroblanquita
soñadora de páginas, que no pan/paz,
mi dulce lamentar de euroblanquita
que no necesita extender la mano
para la bala o la limosna, solamente
para recibir al tiempo
de las moscas (AY, pero al menos
ellas se reproducen y planean,
a ellas no las aplasta como a mí la sombra).
Qué poco han durado mis días,
qué poco han durado tus días,
euroblanquita,
euroblandita,
euromotita de polvo, humo, nada.


Carolina Otero Belmar, de No te hagas el muerto (Lupercalia Ediciones, 2017).


Carolina Otero (Valencia, 1977) es poeta, narradora y cantautora. Además, se dedica a la docencia de Lengua y literatura. 

Licenciada en Filología Inglesa e Hispánica, inicia su escritura públicamente con el poemario Versos para un hombre de pero en pecho (premio “Sargantas de Poesía” 1997, Ayuntamiento de Chiva). Le siguen los libros Anunciado en televisión (premio “Ángel Urrutia de Poesía” 2011, Ayuntamiento de Lekunberri), 43 m2 (Editorial Olifante, 2013) y Balada del rímel corrido (Ediciones en Huida, 2015). 

En narrativa, ha pertenecido al grupo literario valenciano Hotel Postmoderno, con quienes publicó las novelas colectivas Hotel Postmoderno0 (Ediciones Inéditor, 2008) y De la Habana un barco (Editorial Lengua de Trapo, 2010). Asimismo, participó con un relato en la antología Relatos Ilustrados de la revista Opticks Magazine (2012) y colaboró en el volumen de homenaje a los hermanos Bécquer, Los Borbones en pelota (VV.AA., Editorial Olifante, 2014). 

Dirige la página de poesía manuscrita Tachaduras y codirige la colección de verso y prosa Flechas de Atalanta. También hace música. 

No te hagas el muerto es su nuevo poemario, editado por Lupercalia Ediciones, en la colección de verso Leviathan. 


viernes, 9 de junio de 2017

EL LARGO VIAJE DEL LSD AL ADSL por ANZONI MARTÍN



Capítulo 2

AÑO 2015: PRIMER ENCUENTRO

RECITAL DE POESÍA RUDIMENTARIA DE TONI TONELADA EN EL CAFÉ PICAPICASO


Para Henry, que por aquel entonces se llamaba Enrique, era la primera vez que asistía a un recital poético de un poeta de renombre. Toni Tonelada era un poeta genial, aunque desconocido para el gran público, como la mayoría de los poetas. Enrique no conocía físicamente a Toni Tonelada (TNT), pero pronto se percató de que era el barbudo gordo que firmaba un libro a un viejo demacrado y nervioso que se había acercado a él. El poeta se mostraba antipático y pasado de rosca, pero desprendía cierto brillo acompañado de una inolvidable aureola de olor nauseabundo. Se le veía cansado, imaginaba que su aspecto fatigado se debía a la incesante actividad de un cerebro en continua ebullición.
La poesía rudimentaria surge a finales de los años 90, dicha corriente tuvo en la figura de Toni Tonelada el mayor y único exponente. La primera etapa de este movimiento poético, la Etapa Blanda, duró una semana y partía de unos principios que planteaban diferentes soluciones a los problemas típicos de los recitales poéticos de la época.
El primer problema general era la comprensión del poema.Toni Tonelada lo solventó con una poesía simple. El recital no admite la relectura ni el rerrecital, por ello debía ser fácil, sencillo, rudimentario. Y no satisfecho con esa premisa estableció un turno de preguntas al final de cada obra para que no hubiese lugar a dudas acerca de la interpretación e intencionalidad del autor.
El segundo gran problema era el final del poema. Los asistentes a cualquier recital no saben si la poesía ha terminado, incluso a veces interrumpen con un aplauso a destiempo cuando aún queda un último verso o varias estrofas. Toni Tonelada tuvo la genial idea de establecer un cierre poético de una manera sutil, concisa y tajante. Terminaba cada poesía con un “¡YA!” con lo que permitía poder aplaudir al unísono al final del último verso, al final de cada poema, de cada “¡Ya!”.
El tercer y último problema que abordó fue la falta de asistentes, para ello diseñó un plan tan complejo que chocó con los principios básicos de la poesía rudimentaria y creó un dilema ultrapoético que derivó en el final de la Etapa Blanda de la Poesía Rudimentaria y abrió paso a una Etapa Dura, sin evolucionar, que aún espera un continuador.
Toni Tonelada subió a una pequeña tarima que no llegaba a ser escenario. En el café Picapicaso se hizo el silencio mientras Toni se sentaba frente a una mesa y aproximaba el micrófono a su boca. Su mirada recorrió las caras de todos los asistentes. Se dirigió a un pobre (poco numeroso) público entregado y dijo gritando: “Calla ¡ya!, ¡callad ya! encalladas…ya… ¡ya!… ya… ¡ya!… ya” —continuó hablando con un tono más suave.
—Buenas noches. Soy Toni Tonelada. Voy a recitar una serie de poemas rudimentarios. Una de las ventajas de recitar es que no apreciaréis las faltas de ortografía. Al acabar cada poema diré ¡YA!, para que podáis aplaudir tranquilos. Si alguno no entiende el significado podéis preguntarme cualquier cosa. Yo intentaré explicar alguno de los poemas antes de finalizar el recital. Empiezo con la Trilogía de Lorca. La Trilogía de Lorca son tres poemas problema que hacen un trío homenajeando a Lorca. Los pensé hace varios años, aunque siguen puliéndose, embruteciéndose o acabándose todos los días. Es mi pequeño tributo a Lorca, un canto de veneración al que es algo más que un poeta.

Trilogía de Lorca 

Poeta en Hipercor

No pude ir a Nueva York,
quebró la línea low cost
y me volví a Alcorcón.
Pasé por Hipercor,
quise ser poeta
poeta en Hipercor
pero Saramago se adelantó.
Compré un libro de Lorca
y ahora vivo en Murcia.
¡YA!

Al terminar el poema se oyeron unos tímidos aplausos que Toni no dejó prosperar al proseguir de inmediato con el siguiente poema lorquiano, un poema titulado Karaoke de Lorca

Karaoke de Lorca

En Murcia no estaba mal,
me compré una moto…
hubo un terremoto…
Había un karaoke y una discoteca.
Desde entonces…
A veces, demasiadas veces…
tengo la sensación de vivir
entre almas karaokeizadas
que repiten canciones
de canciones repetidas.
Son ecos de karaokes.
Desde entonces…
A veces… demasiadas veces…
me repito
que quiero ser irrepetible.
Y ellos siguen cantando
sus ecos de karaokes,
sus canciones repetidas,
desafinando,
cantando mal.
¡YA!

Aplausos más numerosos y sonoros, los asistentes ya habían centrado toda su atención en Toni. Esperaban boquiabiertos el último poema de la trilogía de Lorca, se llama Discoteca de Lorca. En este poema Toni Tonelada acelera el ritmo de recitación siguiendo un compás machacón que apoya cada verso. 

Discoteca de Lorca 
(Subtitulado: no sé si ir de fiesta o echarme la siesta)

Que musicote, me dijo ella.
Que musicote, que musicón.
Vaya temazo, me dijo ella,
vaya temazo, vaya temón.
Yo me reía y contestaba:
que subidote, que subidón.
Menuda noche,
vaya pasada,
vaya pasote, vaya pasón.
Me echaron del chill out,
no me gusta el house
y me voy a casa.
¡YA!

Volvieron a escucharse risas y muchos aplausos, algún “bravo” y un silbido cariñoso. Toni dio las gracias y continuó.
—¿Tenéis alguna pregunta? Continuaré con la Trilogía de Petimetres. En esta serie de poemas hablo del surgimiento de un nuevo petimetre tecnológico, una nueva moda del complemento electrónico que obliga a estar entre ondas, entre líneas digitales de banda ancha. En esta trilogía inacabada surgió mi gran último poema. 

Trilogía de petimetres


Hago chat y aparezco a tu lado

Chateo con Toni,
se compró un poni.
Chateo con Clara,
nunca se aclara.
¡YA!

Hombres G

Pasar del LSD al ADSL no es fácil.
Del kiwi al “kifi”
del “kifi” al wifi.
Pasar del LSD al ADSL no es fácil.
De Comando G a
los Hombres G
y luego…
hombres 3G, 4G, 5G…
¡YA!

Este poema produjo carcajadas y una fuerte ovación final. No hacía falta ser un gran entendido para que el poema calase entre los asistentes, para entender que estaban escuchando algo muy grande, que estaban ante lo que era considerado la obra maestra de la poesía rudimentaria. Toni se detuvo unos minutos para hablar acerca de este poema cumbre.
—Lo explico. Este poema es una metáfora parabólica de cómo el paso del tiempo convierte lo natural en artificial, de cómo la socialización viene determinada por el mercado y por el consumo, de nuestra pobre capacidad de elección. Para mí, el verso PASAR DEL LSD AL ADSL NO ES FÁCIL, que admite millones de lecturas, para mí, supone la cima de toda mi poesía. Expone el recorrido de cualquier biografía, pensamiento o historia. Y lo hace de un modo prosaico, pero con una inmensa elegancia rudimentaria.
Y Toni, tras hojear con calma un puñado de folios apoyados en un atril, se detiene en uno de ellos y vuelve a hablar. 
—Seguidamente introduciré una poesía prosaica rudimentaria musicada. Un intento fallido de dar más sonoridad a mi rima, de intentar apoyarla en una base instrumental, de hacerla canción. La poesía se llama Saxo.

Saxo

Si quieres ser cantautor
no toques el saxofón.
No pierdas más el tiempo
con instrumentos de viento.
Recuerda siempre, recuerda,
usa instrumentos de cuerda.
Si quieres ser cantautor
no toques el saxofón.
Tampoco con clarinete,
métetelo en el ojete.
¡YA!

—Y, para finalizar, algunos poemas de la Etapa Dura. La poesía rudimentaria necesita un continuador. Mi propósito iniciador ha acabado, mi próximo objetivo es dejar de ser poeta y escritor. La siguiente poesía se llama Zapatos.

Toni mira al vacío y permanece en silencio. Tras esa breve pausa ofrece una lacónica explicación sobre el contenido del poema.
—Los zapatos, unos zapatos entendidos como elemento funcional, pero también como objeto estético. Y es precisamente esa combinación de lo útil y lo bello, de lo superficial y lo necesario lo que compone nuestro espíritu. Con la poesía musitada y esta poesía cuentista “entreteniente” se ponen las bases de la etapa dura de mi poesía rudimentaria. La siguiente poesía se llama Zapatos, pero también se podía haber llamado Zapatillas.

Zapatos

No encuentro mis zapatos.
Ni en el baño,
ni en la terraza
ni en la basura
ni en el patio
ni en la nevera.
No encuentro mis zapatos.
Ni en la ventana,
ni bajo la cama,
ni en la papelera.
Está lloviendo
y no encuentro mis zapatos.
No lo entiendo.
Tengo que irme a trabajar
y ya no sé dónde mirar.
Se me hace tarde,
llega la hora,
tampoco están en la lavadora.
Me calzo unas bolsas del híper.
En el metro no me dejan de mirar.
Al menos llego a tiempo a currar.
Pero a mi jefe no le hace gracia verme así
y me despide en un plis.
Abrazo a mi compañera María
y salgo de la zapatería.
No lo entiendo,
para otra vez
diré que estoy enfermo.
¡YA!

Y de nuevo comienza a fraguarse un conjunto de aplausos que componen un acompasado estruendo palmar. Toni Tonelada interrumpe la ovación con nuevas pinceladas acerca de la poesía rudimentaria:

—Podéis apreciar que se trata de un poema rudimentario con una intención más comercial, menos elitista. El poema habla de las malas decisiones y de la ceguera ante soluciones fáciles. También de lo paradójico del cotidiano sentido vital: vendo zapatos y no tengo zapatos. Y ya para ir terminando, voy a recitar el último poema escrito en la etapa dura. Habla del final del fin, de la reinvención de la vejez. Este otro poema de la etapa dura se llama Yayo y yo. Una vuelta a la infancia a través de la vejez, un homenaje a la familia olvidada y arrugada. Se trata de un último abrazo de despedida a mi abuelo alcohólico, a mi abuelo más cercano. Esa cercanía se vio truncada por un aliento que le impidió tenerme más tiempo a su lado. 

Yayo y yo

Hay que reírse:
a mi abuelo le dieron cita
meses después de morirse.
Desenterré su cadáver,
pedí una ambulancia
y me presente en consulta.
Una doctora muy bruta
le hizo la resonancia.
Me dijo que no era nada
y le mandó una pomada.
Me dice que esté tranquilo,
que el tiempo no tiene piedad
que eso les pasa a todos
al llegar a cierta edad.
Me despido de la despiadada.
Con un taxista ufano,
de vuelta al cementerio,
le voy quitando gusanos
al abuelo Emeterio.
¡YA!

El café se puso en pie, el público chilló, lloró y volvió a aplaudir sin pausa hasta que Toni hizo un gesto de parada mostrando las palmas de sus manos.
—Muchas gracias. Necesito que me preguntéis, debéis preguntarme sobre mis poemas. Sería un gran halago para mí saber que el poema os ha despertado interrogantes y dudas, que os ha hecho cuestionar trocitos de realidad. 
Alguien del fondo pregunta. Soy yo, es Enrique, ese Enrique que está comenzando a ser Henry. 
—Buenas noches Toni. Lo primero es agradecerte el regalo que nos haces al poder escucharte. También quería preguntarte algo. Cuando escribes algo tan potente que sabes que ya no vas a escribir nada mejor, ¿cómo superas ese volver a enfrentarte con tu escritura? 
—Muy interesante. Es evidente que “pasar del LSD al ADSL” es un verso cumbre. Tras llegar a la cúspide necesitas descansar, bajar, no puedes llegar a otra cumbre cuando acabas de alcanzar una. Necesitas calma, llanura y reponer fuerzas. Sabes que tal vez no podrás llegar a otra cima similar, pero al menos intentarás subir otras montañas que en ese momento incluso desconoces donde se encuentran. Por eso escribo Zapatos, un regreso a lo terrenal, a pisar el firme. No es fácil motivarse tras haber llegado a esos versos sublimes, casi insuperables, o al menos insuperables para mí. Por eso escribo Yayo y yo. Veo el fin y no encuentro salida, aunque saque al muerto de nuevo lo llevo a la tumba. Es un poema zombi, una petición de reanimación, de resurrección, un grito de auxilio. Yo ya soy un moribundo recitando los estertores de mi poesía moribunda que busca un reanimador. 
Y tras un profundo suspiro, hizo una breve pausa y preguntó: 
—¿Hay alguien que se anima? ¿Quién quiere seguir la estela del Rudimentarismo Poético? Ánimo y gracias. 

Con esta respuesta con preguntas, Toni abandonó el escenario llorando, entre aplausos, pero sabiendo que esta vez sí sería su último recital.

Anzoni Martín, de El largo viaje del LSD al ADSL (Colección Grandes Sobras, 2017).

anzonimartin@yahoo.com

jueves, 8 de junio de 2017

LAS ACERAS DE HELSINKI por BEGOÑA CASÁÑEZ CLEMENTE




NO PASARÁN

Mientras de madrugada,
viajen en los autobuses
mujeres con la mirada perdida,
Seguirá siendo momento de revoluciones.


EL SÚBITO ABANDONO

Ignoraba entonces que me observaban,
abrí la puerta y las ventanas de mi casa,
y entraron alimañas y el verdín se instaló en las paredes.
Toda la luz se fue y no volvió a amanecer,
nunca, ya nunca más.

Se vació mi casa de libertad y de risas,
los roperos se quedaron boquiabiertos,
con perchas oscilantes que recalcaban
las ausencias y el súbito abandono.
Se tapiaron la puerta y las ventanas.
El sol no volvió nunca a iluminar las teselas azules
de la columna del salón ni las teclas mudas del piano.
Y mis hijas se fueron en una comitiva de sátiros y locos,
cogidas de la mano de un hombre sin memoria.


DESALOJO


Camino entre los restos
de lo que fue mi hogar
como entre las ruinas
de una ciudad bombardeada.

Los edificios,
como niños violados,
muestran pudorosos interiores reductos:

en las paredes estampadas
sobre colchones de crochet
los crucifijos cuelgan boca abajo.


CAIGO

Caigo, no dejo de caer,
una y otra vez caigo,
me levanto,
una y otra vez me levanto
me empujan y caigo,
una y otra vez me empujan,
me levanto
como un boxeador antes de ser noqueado,
las cejas reventadas, ciegos los ojos,
los brazos como aspas de un molino sangrante.


LAS ACERAS DE HELSINKI

Del frio polar sólo te salva
un buen abrigo de piel de zorro,
que te ayude a mantener
la temperatura corporal,
de lo contrario
la vida se filtra a través de los poros,
todos los agujeros de tu piel
la dejan escapar convertida en vapor,
como las aceras de Helsinki.
A veces otras personas
que como tú, sobreviven,
te ofrecen su calor.
Espejismo.
No son una piel cálida,
sino barriles congelados,
la sed te domina,
los lames,
y la lengua se queda pegada.
En un cementerio nuclear
de un ardiente país africano…
costas llenas de barriles,
playas alfombradas de lenguas
que se secan al sol…
los perros las devoran.


Begoña Casáñez Clemente, de Las aceras de Helsinki (Canalla Ediciones, 2017).

miércoles, 7 de junio de 2017

LA CATARSIS por ABEL SANTOS



SER auténtico
como el enfurecimiento de un niño

si estuviera en su mano
sería capaz de destruir
en ese instante
el mundo

y en consecuencia
la siguiente secuencia emocional es
un gozo extático
que recorre todo su cuerpo
sonriendo
ante cualquier payasada
o cualquier mimo

el amor
pequeño

el amor.


Abel Santos


martes, 6 de junio de 2017

1 POEMA de MARÍA GUIVERNAU




No he huido nunca
salvo hacia adelante.
No he dado marcha atrás
excepto en callejones sin salida.
No vigilo mi espalda
porque espero en ella
más caricias que puñaladas.
No creo en la magia sin trucos,
ni en los mares en calma.
Fluir es mi verbo
desde que emergí de un pozo negro
de aguas estancadas.
Imaginación es mi sustantivo
desde que sé de mi existencia.
Instintivamente es el adverbio de modo
que acompaña mis acciones.
Nosotros es mi pronombre personal
desde que tú y yo
empezamos a habitarnos la piel
y nos dejamos llevar
al ritmo de la misma música.

María Guivernau


Cover by Odilon Redon

jueves, 1 de junio de 2017

COMO UNA ORUGA por PEPE PEREZA



Jorge apaga el despertador unos minutos antes de que suene. No ha podido dormir porque se ha pasado toda la noche tosiendo y ahogándose en sus propias mucosidades. Le duelen los músculos y las articulaciones y le arde la frente. Señal inequívoca de que tiene fiebre. Se levanta procurando no hacer ruido para no despertar a Lucia, su mujer. Se pone el albornoz y arrastra las alpargatas hasta la ventana. De la bruma surgen espectros, muertos vivientes que acuden a la llamada del amo para vender su alma en jornadas de ocho horas. En breve, él también tendrá que incorporarse a esa danza macabra. Le viene un ataque de tos. Intenta silenciarlo tapándose la boca con la mano.
-Te dije que tomases algo para el resfriado –dice Lucia con voz somnolienta.
Tendría que haberlo hecho, ahora es tarde para arrepentirse. Lucia, aparta el edredón y salta de la cama. Se pone una bata por encima y va directa al baño. Jorge sigue junto a la ventana. La fiebre anula cualquier iniciativa. Se siente incapaz de vestirse o de caminar hasta la cocina, ni siquiera tiene ganas de desayunar, lo único que desea es volver a acurrucarse, cerrar los ojos a la realidad y dejar que su cuerpo se recupere al calor del edredón. Se siente como un gusano. La verdad, en esos momentos no le importaría cambiarse por una oruga que estuviera reposando en su capullo.
Lucia saca dos vasos de leche del microondas. En uno añade azúcar y café instantáneo, al otro: solamente miel. Se queda con el café y le pasa el otro a su marido.
-Bébetelo mientras esté caliente, te vendrá bien –dice.
Jorge bebe sin ganas, esforzándose por tragar. Lucia se acerca y le pone la mano sobre la frente.
-Estás ardiendo. No deberías ir a trabajar.
Jorge intenta replicar, pero le viene un ataque de tos.
-Anda, llámales y diles que estás enfermo.
Es demasiado pronto, no soportaría escuchar la voz de su jefe. Decide enviar un MSM. Escribe: Tengo fiebre y no voy a ir a trabajar. La frase es demasiado tajante. La suaviza: Tengo fiebre y no voy a poder ir a trabajar. Aunque suena mejor, sabe que al destinatario no le va a gustar. Aun así, envía el mensaje. No pasa ni un minuto cuando suena el móvil. Jorge descuelga, sabiendo de antemano que el que llama es su jefe.¿Qué es eso de que no vas a venir a trabajar? Con la voz tomada, Jorge le explica que está con gripe y no se encuentra en condiciones de salir de casa. No me cuentes historias y mueve tu culo hasta aquí. Hoy llega un cargamento del matadero y te necesito sí o sí ¿Me has entendido?
-¿Qué te han dicho? –pregunta Lucia cuando su marido cuelga el teléfono.
Jorge se dirige al dormitorio sin decir nada, allí se viste con su ropa de trabajo. Lucia fue enlace sindical. Está a punto de soltarle uno de sus slogans favoritos de entonces: Deberías hacer valer tus derechos, aunque solo sea por respeto a las personas que lucharon para conseguírtelos. Pero sabe que a día de hoy cualquier empresario de medio pelo se salta a la torera los derechos de sus trabajadores, que a la que levantas la voz te ponen de patitas en la calle sin dar explicaciones. Ella misma se quedó sin empleo porque a los directivos de su empresa les dio por coger los bártulos y trasladar la fábrica a un país donde los derechos, los impuestos y los sueldos son de risa. De eso hace ya cuatro años y sigue sin encontrar trabajo. Ahora solo faltaría que su marido se quedase en el paro.
Jorge sale a la calle. Un peón más que ha sido condenado de antemano, obligado a saltar dentro del tablero para jugar una partida en la que no tiene nada que ganar y mucho que perder. Avanza por la acera, sin fuerzas, intentando no pensar, no sentir, no existir. Dejándose llevar por una especie de inercia que va más allá de lo que dicta el cerebro. Le castañean los dientes, sin embargo, el sudor le empapa la ropa, haciendo que se le pegue al cuerpo. Le suda la espalda, las axilas, las ingles, las manos, la frente… todo él, bañado en sudor, arrastrando los pies entre etéreas figuras, sin saber muy bien si éstas son reales o delirios provocados por la fiebre.
El camión del matadero está aparcado en las traseras del centro comercial, justo enfrente de la puerta de embarque. Jorge aparece con su uniforme de carnicero. Atraviesa la niebla y llega hasta el vehículo.
-Tienes mala cara ¿no has cagao? -le dice el camionero con un Farias colgando de la boca.
Elude el comentario y espera a que el tipo le abra la puerta del remolque refrigerado. Dentro hay una ternera despiezada en cuatro partes: dos cuartos traseros y dos delanteros. Cada pieza viene a pesar entre noventa y ciento treinta kilos, según el tamaño de la res. Por desgracia, ésta es de las grandes. Además, no hace ni una hora que ha sido sacrificada. La carne está blanda, grasienta y supura sangre. Así es más difícil de cargar porque los músculos están flojos y no hay forma de sujetar algo tan grande y pesado. Hay que hacer malabares para que no se escurra del hombro. Por el contrario, si la ternera hubiera pasado el tiempo suficiente en la cámara frigorífica, la carne estaría firme, sin sangre. No habría problema a la hora de sujetarla. El camionero descuelga una de las piezas y la deja caer sobre el hombro de Jorge. Las piernas se le doblan y está a punto de irse al suelo. Al verle tambalearse, al camionero le entra la risa floja y suelta otro chascarrillo. Jorge consigue estabilizarse y avanza arrastrando los pies hasta el muelle de carga. Él pesa alrededor de setenta kilos, la carga que lleva en la espalda es muy superior. En un día normal no hubiera habido problema, porque al final todo se reduce a más vale maña que fuerza, pero en su estado actual la tarea se vuelve hercúlea. Nota la grasa y la sangre filtrándose a través de la camisa y ese olor tan característico de los animales recién sacrificados. Para colmo, el ascensor está ocupado. No le queda otra que usar la escalera de servicio. Para llegar a las cámaras frigoríficas hay que bajar dos pisos, un total de cincuenta y seis escalones. La escalera en cuestión es estrecha, apenas hay metro y medio entre pared y pared. Es dificultoso bajar, más con cien kilos de carne grasienta y resbaladiza a la espalda. La cosa se complica si no puedes con el alma y te sientes morir por la fiebre. Se arrepiente por haber cedido a la presión de su jefe. En su estado debería estar en la cama y no ahí, en esa maldita escalera que desciende a los infiernos. Piensa en la oruga dentro del capullo. Una cámara sellada y compacta como un saco de dormir cerrado hasta arriba. Se imagina dentro de la cápsula, a salvo del mundo. Ha bajado un tramo de los cuatro que hay. Al iniciar el segundo, pisa un escalón suelto y está a punto de caer rodando por las escaleras. De milagro logra recobrar el equilibrio y sujetar la carga sobre los hombros. Acaba el tercer tramo, también el cuarto. Está agotado y le falta el aire. A su izquierda, el montacargas con la puerta bloqueada por una pila de cajas con mandarinas. Dentro hay varios carros con cestas llenas de verduras de temporada. Enfila el pasillo hasta llegar a la sala de despiece. Al abrir la puerta de la cámara frigorífica, estratos humeantes de aire gélido salen despedidos. Deja el cuarto de ternera colgado de uno de los ganchos que sobresalen de la pared. Sale y cierra. Le duele la espalda y le cuesta enderezarse. Entra el jefe.
-¿Has terminado con el camión?
-Faltan por bajar tres piezas.
-¿En todo este tiempo solo has bajado una?
-El ascensor está ocupado y he tenido que usar la escalera.
-Pues date caña, la carnicería está llena y necesito que me eches una mano.
Por megafonía piden que el responsable de carnicería se presente en su puesto. El encargado acude a la llamada. Jorge se toma un momento para recuperar las fuerzas, luego sale al pasillo. El ascensor sigue ocupado con las cajas de frutas y los carros con verduras. Ni rastro del frutero ni de su ayudante. Le gustaría decirles unas palabras por monopolizar el montacargas.
Al salir a la calle, da la impresión que el camionero hubiera cubierto la ciudad con el humo del Farias.
-Espabila, que no tengo toda la mañana.
Puede que tenga que tragarse el orgullo con su jefe, pero no está dispuesto a que un cualquiera le venga metiendo prisa.
-Ese no es mi problema. Otra cosa te voy a decir: La pieza de carne me la pones en el hombro como es debido, que si antes he estado a punto de irme al suelo ha sido por tu culpa.
Esta vez el camionero deja el cuarto de ternera en el hombro de Jorge con relativa suavidad. Aún así, acusa la carga y se tambalea hasta el ascensor, que sigue ocupado. La sangre le hierve en las venas. No solo es que lo estén usando, el cabreo también se debe a que está harto de que le ninguneen, de ser el último mono, de que le obliguen a trabajar estando enfermo... Por un momento se le nubla la vista y pierde conciencia de dónde está y de lo que hace. La carne empieza a escurrírsele. Antes de que caiga clava las uñas entre los tendones, tratando desesperadamente de sujetarla en la espalda. Se apoya en una de las paredes para hacer presión entre su hombro y el cuarto de ternera. Sabe que si se le cae le será imposible volver a cargarlo. Avanza de esa manera, dejando un rastro de sangre en la pintura de la pared. A pesar del esfuerzo, la mole de carne se le escurre de los dedos y cae al suelo. Al hacerlo, los huesos astillados de la ternera le dejan varios rasponazos en los brazos y la espalda. Está tan agotado que no le quedan ganas de maldecir. No quiere pedir ayuda al camionero, menos a su jefe. Se le ocurre que si arrastra la pieza hasta donde empiezan las escaleras y se sitúa justo por debajo, quizás tenga una oportunidad. Así lo hace, la empuja hasta que sobresale por encima de los peldaños. Se sienta por debajo, situando la axila del animal sobre el hombro, sujeta el muñón con fuerza y toma impulso intentando ponerse de pie a la vez que hace palanca con los brazos. Necesita varios intentos para levantarse con la carga. No creía que lo fuera a conseguir. Se tambalea sobre las piernas temblorosas. Cuando llega al segundo tramo apenas puede mantenerse en pie. Recuerda que el primer escalón está suelto. Algo en su interior le incita a pisarlo. La baldosa se levanta y él se precipita escaleras abajo junto al cuarto de ternera. Mientras cae le da tiempo de imaginar lo agradable que debe ser estar dentro de un capullo de seda, abrazado a la oscuridad, mecido por el viento, liberado del peso del tiempo y de la enfermedad, sin nadie que te diga lo que tienes o no tienes que hacer.

Pepe Pereza, del blog Asperezas